Carta Natal · Placidus · Trópico
Ikel Romero
Ese círculo de ahí arriba soy yo.
Júpiter en no sé qué casa. Luna en no sé qué signo. Con suerte sé que soy Escorpio, y eso que en su día me leyeron la carta natal y asentí como quien entiende.
No entendí nada. Pero me quedé con algo que luego te contaré.
(Si tú sí que sabes de eso, puedes usarlo para conocerme mejor)
No puedo decirte que mi misión en esta vida es cambiar el mundo, unificar las conciencias o que mis valores como persona te harían llorar.
Tampoco veo serio ni relevante aburrirte con el listado de cursos, mentores, libros y experiencia que llevo a las espaldas.
Tú y yo sabemos que nadie lee esas cosas.
Soy copywriter.
Escribo para que la gente lea y compre.
¿Por qué te cuento esto?
Porque crecí entre personas que ven cosas que los demás no ven.
Mi familia no tiene un negocio «normal».
Mientras otros jóvenes tenían padres con traje, reuniones de empresa y el telediario de fondo, yo crecí entre canalizadores, lectores de tarot, astrólogos y chamanes que trabajan con medicina.
Personas que viven de algo que el mundo racional no sabe explicar.
Y que sin embargo la gente busca, necesita y paga.
Ese mundo me formó de maneras que yo nunca hubiera elegido conscientemente. Lo viví gracias a mi madre. Y ahora no lo cambiaría por nada.
Pero un día pasé por algo
que no sé cómo contarte…
Mis únicas adicciones son el deporte y el café. Por si acaso.
Todo empieza con una taza de café turco.
Ciudad de México
Una amiga de la familia. De esas personas que cuando hablan te quedas muy quieto sin saber muy bien por qué. Me miró los posos en el fondo de la taza y guardó silencio unos segundos.
Ya sabes, de esos que se hacen eternos.
Entonces habló.
Me dijo que llevaba dentro una sombra más grande que yo mismo. Que llevábamos años peleando y que casi siempre ganaba ella.
Que cuando ganaba me inundaba una emoción que reconocí al instante: la frustración. Pero no con el mundo, no con los demás. Conmigo. De esa que no sabes dónde poner porque el enemigo tiene tu misma cara.
Y entonces dijo algo que no esperaba.
Que había un ser que me acompañaba siempre. Que se llamaba Samuel.
Lo dijo como quien menciona a alguien que lleva años en la sala y que todos fingen no ver.
Desde ese día tengo conversaciones con Samuel. Mi ángel de la guarda, según ella.
Lo cual explicaría por qué llevaba años peleando contra mi propia sombra sin que me aplastara del todo.
Algo, o alguien, me sostenía.
Al acabar la lectura hicimos una meditación…
Ahí empezó la cosa.
Sentí la energía del espacio antes de cerrar los ojos del todo. Como cuando entras en una habitación y sabes que no estás solo aunque no veas a nadie. Solo que multiplicado.
Y los vi.
Detrás de mí. Un ejército. Lo llamo ejército porque no se me ocurre otra palabra que haga justicia al número y a la forma en que estaban dispuestos. Quietos. Mirando hacia delante. Como si llevaran ahí mucho tiempo esperando a que yo me diera la vuelta.
Después me vi desde arriba. Como un águila que sobrevuela y de repente reconoce su propio cuerpo allí abajo, sentado, con todo aquello detrás.
Eso fue México. Primera semana.
La segunda semana fue distinta.
La segunda semana fue en un evento por Chiapas.
En un ejercicio dirigido por un astrólogo conocido en Barcelona. Yo estaba con un amigo muy cercano, de esos con los que no necesitas explicar nada.
En mitad del ejercicio sentí que estábamos dentro de un huracán de luz.
No es una metáfora. No sé cómo explicarlo de otra manera. Un huracán. De luz.
Y entonces los vi otra vez. Seres enormes rodeándonos. Algunos con alas. Otros sin. Algunos con bastón. Otros con espada. Quietos. En posición. Custodiando algo sin que nadie se lo haya pedido.
Fui sumando dos más dos. El ejército de la meditación. Samuel. Y ahora esto. No eran visiones aleatorias. Tenía que haber una lógica.
Y así estuvo durante horas. Creciendo.
Hasta que al día siguiente, en una meditación, tumbados en el suelo, los vi bajar. Desde algún lugar que no sé nombrar.
Pero había un problema. El ruido. Mucha gente en el evento había empezado a gritar. Aquello era surrealista, el tipo de caos que te saca de cualquier estado en el que intentes entrar.
Y entonces escuché una voz dentro de mi cabeza. Solo una pregunta.
— ¿Te estás agobiando?
Dije que sí. No sé si en voz alta o solo para dentro. Dije que sí.
Y alguien me puso las manos en las orejas.
Calor.
Primero en las orejas. Luego extendiéndose por toda la cara, despacio, como cuando acercas las manos a una hoguera y el calor llega antes que el fuego. Unas manos que no veía pero que sentía con una precisión que no dejaba lugar a dudas.
Y con ese calor llegó el silencio. No un silencio normal. El otro tipo. El que no debería existir en una sala llena de gente gritando. Podía saber que el ruido seguía ahí, como quien ve una tormenta desde dentro de un cristal. Pero no me llegaba.
Alguien había apagado un mundo que no era el mío.
Y en ese silencio que no tenía ningún derecho a existir, bajaron. Se acercaron. Y me hicieron una operación.
No sé qué operaron exactamente. No tengo el vocabulario para eso.
Lo que sí sé es que cuando salí de ahí ya no podía mirar el mundo espiritual de la misma manera.
Porque entendí algo que antes solo había visto desde fuera:
Hay personas con un don real. Un trabajo real. Una transformación real que ofrecer.
Y están completamente invisibles… sonando igual que los demás.
Ahí es donde entro yo.
Ahora te voy a contar algo
que se supone que no debo contarte.
Según los manuales y los expertos, en este punto de la página toca seguir un guión muy concreto.
Primero: hablar de tu problema. Con detalle. Con empatía. Con esa cara de «te entiendo profundamente» que ponen los coaches en las fotos de perfil.
Segundo: aparecer yo como la solución perfecta. Pero sin que parezca que me vendo. Porque vender es de mala persona y aquí todos somos muy auténticos.
Tercero: hacerte, a ti, el protagonista. El héroe. Yo soy solo el guía sabio que aparece en el capítulo dos y desaparece cuando ya no me necesitas.
Cuarto: darte esperanza. Poca. La justa para que quieras más.
Y cuando menos te lo esperas, ya estás asintiendo.
A esto le llaman persuasión. Aunque algunos lo llaman manipulación. En mi opinión, la diferencia depende de quién firma el cheque.
El caso es que ahora toca el momento de conexión. Tengo que contarte algo personal para que sientas que somos parecidos.
Algo que te haga pensar «este tío es como yo».
Así que allá voy.
Hace unos años me encerraron en casa.
Contra mi voluntad.
Un bicho sin-nombre paralizó el mundo de un día para otro.
Vi cosas que no se me van a olvidar.
Gente asaltando supermercados a las nueve de la mañana. Carritos llenos hasta arriba. Estanterías vacías. Caras que no reconocías aunque llevaras años viendo a esas personas.
El miedo hace eso. Te cambia la cara.
En el suelo, abandonado, un paquete de macarrones que nadie quería. No sé por qué ese detalle se me quedó grabado. Quizás porque era la prueba de que incluso el pánico tiene límites. Que hay un punto en el que la gente agarra lo que puede y deja lo que no entiende.
El papel higiénico desapareció primero. Siempre desaparece primero. No sé qué dice eso de nosotros como especie.
El apocalipsis, pero en chándal.
Yo no me vacuné. Todo el mundo tenía una opinión al respecto. Tu vecino. Tu madre. El presentador del telediario. El primo que de repente se había convertido en epidemiólogo en WhatsApp.
La presión social de esos meses fue una cosa extraña. No te apuntaban con un arma. No hacía falta. Bastaba con la mirada.
Tomé una decisión. Con la información que tenía.
Y por ahora no me he muerto, que conste.
A estas alturas te deberías de estar identificando mucho conmigo.
Almas gemelas.
Te lo resumo.
Soy copywriter.
Escribo para que la gente lea y compre.
Me gustan los lunes, algunos días de lluvia y la vida. Vivir en general. Sin más.
Ah, y lo que te tenía que contar. Cuando me leyeron la carta natal me dijeron que algún día tendría algo que contar.
Lo hago por email.
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